There Is No Light Without Darkness: Recent works by Angelica Chavarro

Black is not absence, but a threshold—where shadow becomes substance, and in embracing darkness, we uncover the quiet conditions that make light, transformation, and self-knowledge possible.

There is no light without darkness
Black as Transformation: Angélica Chavarro

 

What is black—absence or possibility? In her new exhibition at Beatriz Esguerra Art, Colombian artist Angélica Chavarro explores the infinite expressive and existential nuances of the color black. Rather than suggesting emptiness, lack, or loss, black becomes for Chavarro a metaphor for the necessary duality that makes light possible—physically, emotionally, and spiritually. Through a series of new assemblages, black takes form in fragments of fabric, stitches, traces, gestures, and written phrases that conceal the light that emerges when darkness is embraced: that shadow we often avoid, yet which forms an essential part of who we are.

 

Chavarro approaches her practice as an ongoing process of self-knowledge, almost like a perpetual ritual. From this perspective, painting, textile intervention, embroidery, and writing transform her spiritual search into material form. Over more than a decade, this process has given rise to assemblages where gesture, silence, movement, repetition, line, and poetry unfold in layered strata—something akin to an archaeology of the inner self. At the same time, it has led to large-scale installations in which the viewer’s body moves through labyrinthine structures and enveloping fabric environments that trace uncertain paths.

 

The works presented at Beatriz Esguerra Art emerge from the metaphysical dimension that has long defined Chavarro’s practice. Yet here the artist ventures into black—a color she may have unconsciously resisted for years. “For me, black had been an undesirable color, one that might contaminate the palette,” she reflects. “Now I value it differently, as the result of a reflection that leaves its trace through it.” In these works, black—often associated with the apparent absence or the overwhelming saturation of light, with sadness, or even with latent fear—transforms into atmospheric landscapes that reveal the beauty of darkness when we allow ourselves to inhabit it. This perspective becomes even more meaningful when we recognize that the very darkness we tend to avoid is also essential to our survival, as it sustains the rhythms of the circadian cycle. In Chavarro’s sensory collages, built through interwoven lines of production, multiple gradations, and delicate veils, black emerges as a kind of mist—at once fog, intellectual density, and, at the same time, hope.

 

In many ways, the exhibition unfolds as an introspective installation in which works of varying formats enter into dialogue and extend beyond the boundaries of the canvas. Within this network of relationships, the layered surfaces of each piece guide the eye through ethereal abstractions, where drips and subtle accents of color appear like traces of an emotional ebb and flow. There is a sense of openness here—an invitation to contemplation, but also to self-reflection about our instinct to flee from adversity when, in fact, it may hold the possibility of transformation. “There is no light without darkness,” Angélica repeats, almost like a mantra, in several of the works.

 

 

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No hay luz sin oscuridad

El negro como transformación: Angélica Chavarro

 

¿Qué es el negro: ausencia o posibilidad? En su nueva muestra en BEA, la artista colombiana Angélica Chavarro explora los infinitos matices expresivos y existenciales del color negro. En lugar de reflejar vacío, carencia o pérdida, para Chavarro el negro es una metáfora de la dualidad necesaria que hace posible la luz en una dimensión física, emocional y espiritual. A través de una serie de ensamblajes inéditos, el negro toma forma en fragmentos de telas, puntadas, trazos, gestos y frases que esconden esa luz que irradia al abrazar la oscuridad: esa sombra que evadimos, pero que forma parte de nuestra esencia.

 

Angélica Chavarro vive su práctica como autoconocimiento continuo, una especie de ritual perpetuo. A partir de este enfoque, la exploración pictórica, la intervención textil, el bordado y la escritura transforman su búsqueda espiritual en materia. A lo largo de más de una década, este proceso ha dado lugar a ensamblajes que conjugan gesto, silencios, movimiento, repetición, trazo y poesía en capas superpuestas, una suerte de arqueología interior. Sin embargo, también ha desembocado en instalaciones de gran formato, en las que nuestro cuerpo recorre y habita laberintos y estructuras envolventes de telas que trazan una ruta incierta.

 

Las piezas exhibidas en BEA se desprenden de la dimensión metafísica de la obra de Chavarro, pero esta vez la artista se aventura hacia el negro, un color que tal vez, inconscientemente, había resistido: “Para mí, el negro había sido un color poco deseado y que tal vez podía contaminar el color, pero ahora lo revaloro como resultado de una reflexión que deja huella a través de él.” Aquí, el negro, asociado tanto a la aparente ausencia o absoluta saturación de luz como a la tristeza o incluso a un miedo latente, se transforma en paisajes atmosféricos que reflejan la belleza de la oscuridad si la hacemos nuestra. Lo anterior adquiere aún más relevancia al reconocer que ese mismo “negro” que tanto evadimos también forma parte de nuestra propia supervivencia, al ser indispensable para el ciclo circadiano. En los collages sensoriales de Chavarro, construidos con líneas de producción entrelazadas a partir de múltiples gradaciones y veladuras, el negro emerge entonces como una bruma que es neblina, saturación intelectual y, a la vez, esperanza.

 

En cierto sentido, la exhibición de Chavarro se despliega como una instalación introspectiva, donde las piezas de diversos formatos se relacionan y se expanden más allá de los límites del lienzo. En este entramado, las múltiples capas de cada obra guían el ojo a desdoblar sus abstracciones etéreas, donde también se adivinan goteos y sutiles acentos de color, quizá huellas de ese vaivén emocional. Hay una amplitud, una invitación a contemplar, pero también a la autorreflexión sobre ese impulso de huida ante la adversidad cuando, en realidad, es posibilidad: metamorfosis. “No hay luz sin oscuridad”, repite Angélica, casi a modo de mantra, en algunas de las piezas.